Podríamos volar hasta la próxima estrella sin darnos cuenta, perdidos en un abrazo eterno que no quiere terminar... Sin querer las miradas se cruzan, y en menos de lo que tardamos en darnos cuenta, nuestros alientos se mezclan, se pierden, chocan y se extinguen en la inexorable agonía del beso que ahoga nuestras dudas... Las manos buscan enredarse en el pelo del otro, y una vez que lo hacen acarician sus raíces y entregan ese placer loco que, sin darse cuenta cómo, nace del dolor.
Los labios buscan con ansias los del otro. Las lenguas, incómodas, no saben si aventurarse o quedarse quietas. Nuestros cuerpos, sin darse cuenta, se aproximan, se hacen uno y permanecen allí. El beso se hace eterno, eterno, eterno... Nada puede romperlo, sólo los dos, que en un mutuo acuerdo carente de palabras nos separamos para respirar cada vez más agitadamente, nos miramos, nos acariciamos. Las palabras no sirven ahora, sólo las miradas y los pensamientos que atraviesan el espacio llegando sin saber cómo a la otra persona... Alejar nuestros cuerpos es horrible tormento, no hay manera de aliviarlo, hasta que encontramos la mirada del otro... El beso vuelve a comenzar, y la siguiente estrella se acerca sin que nos demos cuenta...
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